Sobre la revolución en la era del reality show. Por su actualidad ofrecemos este artículo tal y como apareció en el Varapalo en abril de 2001, eliminando sólo unas pocas líneas que hacían referencia específica al movimento zapatista

Durante décadas, la pretensión de todo descontento con la situación social o política de su país o de otros había sido la de "cambiar el mundo". Se partía entonces de un análisis global de la realidad, se realizaba el diseño de un modelo más perfecto de la organización humana y se iniciaban los pasos para lograr implantar ese modelo.

Los métodos se centraban en concienciar a la gente, a los trabajadores en general, de su situación y de la necesidad de derribar a cualquier precio las estructuras de poder a fin de sustituirlas por otras más acordes con la utopía que se anhelaba materializar.

Dejemos de lado las virtudes y defectos de esta forma de pensar; lo que interesa constatar es la defunción de esta mentalidad revolucionaria muy activa el pasado siglo.

La actividad de los descontentos de hoy, de las víctimas de las injusticias de hoy, no solo no se propone la realización de un modelo de sociedad ideal, sino que ni siquiera sueña con atacar al estado, a los órganos de gobierno. Tal es el cambio de nuestra ideología que si lo hicieran, y se valieran para ello del uso de las armas, nos parecerían oscuros conspiradores indignos de nuestra confianza, criminales inyectados de fanatismo.

La victoria del estado es tan profunda que ni los que sufren situaciones dramáticas de pobreza y opresión se plantean atacarlo; antes bien se dirigen a él -como juez supremo de la realidad- para solicitar su reconocimiento, su admisión dentro del orden existente. Esta petición de reconocimiento se materializa en la reivindicación de derechos.
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